Trauma

Cuando el cuerpo recuerda lo que la mente no pudo sostener

A menudo hablamos del trauma como si fuera un evento: aquello que pasó. Pero, como señala Gabor Maté, el trauma no es lo que ocurrió, sino lo que sucedió dentro de nosotros como respuesta a eso. Es la huella que queda cuando una experiencia supera nuestra capacidad de procesarla y nuestro sistema hace lo posible por protegernos.

Desde una mirada somática, el trauma vive en el cuerpo. Se queda en la tensión que no se suelta, en la respiración que se vuelve corta, en el impulso constante de estar alerta o en la sensación de desconexión que aparece sin aviso. Como dice Bessel van der Kolk, “el cuerpo lleva la cuenta”. Incluso cuando nuestra mente ha intentado olvidar, minimizar o racionalizar, el cuerpo recuerda.

El trauma, en realidad, es una reacción profundamente inteligente: un intento de supervivencia. Nuestro organismo despliega estrategias para protegernos —congelarse, huir, luchar, complacer, disociarse— que en su día fueron necesarias, incluso salvadoras. El problema es que, cuando esas respuestas quedan fijadas en el tiempo, seguimos viviendo como si el peligro fuese presente, aunque ya no lo sea.

El cuerpo como puerta de regreso

Sanar el trauma no implica “borrar” la historia ni obligarnos a revivirla, sino ayudar al cuerpo a sentir que ahora es seguro estar aquí. La curación ocurre cuando encontramos formas amables de bajar la guardia, de volver al contacto con nuestro interior, de permitir que lo que quedó congelado pueda moverse y completarse.

Por eso las prácticas somáticas son tan valiosas: rescatan el lenguaje del cuerpo. El temblor que libera, el suspiro que aparece sin pedir permiso, la sensación de suelo bajo los pies, la mano sobre el pecho que conecta con la calidez. Pequeños gestos, sí, pero profundamente transformadores porque hablan directamente a nuestro sistema nervioso, no solo a la mente.

Una mirada transpersonal: el trauma como portal

Y hay algo más. Desde una visión transpersonal, el trauma no es solo una herida: también puede convertirse en un portal. Un punto de inflexión desde el cual comenzamos a recordar quiénes somos más allá del miedo, de la adaptación, del “yo” que construimos para sobrevivir.

No se romantiza el dolor, pero sí se reconoce que en la oscuridad puede haber semilla. A veces, cuando empezamos a sanar, emergen cualidades que estaban dormidas: sensibilidad, intuición, propósito, compasión, creatividad. El trauma puede fracturar, sí, pero también abrir caminos internos que antes ni siquiera sabíamos que existían.

No estamos rotos: estamos emergiendo

Uno de los mayores mitos es creer que estamos dañados de manera irreversible. Pero el trauma no define nuestra identidad; describe una experiencia que nos atravesó.

Y si hubo un momento en el que nuestro cuerpo aprendió a contraerse, también puede aprender a relajarse.
Si hubo un momento en el que aprendimos a desconectarnos, también podemos aprender a volver.
La neuroplasticidad, la regulación y el contacto humano hacen posible lo que antes parecía inalcanzable.

Sanar es un proceso lento y profundamente humano

Sanar del trauma es un camino de paciencia, de presencia y de mucha suavidad. No se trata de forzar nada, sino de acompañarnos como no pudimos ser acompañados antes. De crear dentro de nosotros un espacio más amable donde podamos sentir sin perdernos, recordar sin desbordarnos y elegir sin repetir los patrones de dolor.

No hay prisa.
No hay un destino final.
Solo un regreso lento y profundo hacia nosotros mismos.

Y quizá ahí radica la verdadera transformación: no en “superar” el trauma, sino en reconocer quién somos más allá de él.

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